
La escritura no sólo servirá para vencer al olvido y establecer la memoria, sino que, tras un infausto encuentro con la realidad, permitirá también el triunfo sobre la verdad objetiva, que se escamoteará porque escribir otorgará al sujeto la posibilidad de reconstruir lo ingrato de la realidad o completar lo inacabado de la nostalgia. Vida y escritura se intercomunican y todo ello acaba por afectar a una instancia como la del autor, que posee un nuevo sello distintivo que le acompañará muy estrechamente incluso a sus crónicas y a sus antimemorias. Lo autobiográfico se confunde con la ficción y ésta parece también invadir la vida. Ello no es más que el producto sabiamente preparado de un narrador que ha contemplado la vida artísticamente, conforme a su visión irónica del mundo y la existencia y del uso de la mentira artística que aprendió de Wilde. Pero, por otra parte, Bryce Echenique prosigue en su nuevo libro de cuentos con su indagación en el mundo de la oligarquía, venida a menos tras el golpe de estado de Velasco Alvarado en 1968, como se advierte en los dos cuentos que marcan el tránsito hacia una nueva etapa. Efectivamente, la decadencia de la oligarquía se aprecia en la humana debilidad que subyace en
«Eisenhower y la Tiqui-tiqui -tín» y, sobre todo, en la inaceptada constatación de su pérdida de riqueza y privilegios de
«Pepi Monkey y la educación de su hermana», donde a esa clase sólo le queda una salida a través de la mentira, la fantasía y la locura. Otras razones más artísticas pero igualmente nostálgicas ofrece el relato del oligarca emigrado y melancólico en el invierno parisino de
«Florence y Nós três».
Por su parte, «Baby Schiaffino» resulta uno de los relatos fundamentales de Alfredo Bryce Echenique y donde mejor deja constancia de algunos de los problemas que aquejan a sus personajes, tanto en el amor como en su equívoca posición ante la realidad. La historia queda enmarcada por la memoria involuntaria a la manera proustiana que brota de un objeto que despierta el recuerdo.