
Buscar una respuesta a esa pregunta era lo que alteraba la vida de Gordon Jossie. Se volvió desde lo alto del tejado al tiempo que gritaba: «¡Cliff! ¿Qué coño pasa contigo?», y vio debajo de él que su aprendiz ya no estaba junto a los fardos de paja, donde se suponía que debía estar, anticipándose a las necesidades del experto instalado en las alturas. En vez de eso, Cliff había ido hasta la polvorienta camioneta de Gordon, que se encontraba a unos metros de distancia. Allí estaba Tess, sentada en posición de firmes y agitando alegremente su frondosa cola mientras una mujer -una desconocida que parecía una visitante de los jardines, teniendo en cuenta el mapa que sostenía en la mano y la ropa que vestía- le acariciaba la cabeza dorada.
– ¡Eh! ¡Cliff! -gritó Gordon Jossie.
El aprendiz y la mujer alzaron la vista.
Gordon no alcanzaba a ver su rostro con claridad a causa del sombrero que llevaba la mujer, de ala ancha, hecho de paja y que exhibía un pañuelo fucsia sujeto alrededor como si fuese una banda. El mismo color se repetía en el vestido, un vestido veraniego que dejaba al descubierto los brazos bronceados y las piernas largas igualmente bronceadas. Una pulsera de oro rodeaba su muñeca. Llevaba sandalias, sujetaba un bolso de paja debajo del brazo y la correa de cuero le colgaba del hombro.
Cliff contestó:
– Lo siento, estaba ayudando a esta señora.
– Lo siento, pero estoy completamente perdida -dijo la mujer, que se echó a reír. Luego añadió-: Lo siento mucho. -Hizo un gesto con el mapa que sostenía en la mano, como si intentara explicar lo que era obvio: se había alejado de los jardines públicos hasta llegar al edificio administrativo cuyo techo él estaba reparando-. Nunca había visto a alguien cubriendo un techo con paja -concluyó, quizás con la intención de mostrarse amable.
