Soltó a la perra cuando llegaron a los dos cipreses que señalaban la entrada oficial al bosque y la observó hasta que desapareció entre los árboles. Sabía que acabaría regresando. Faltaba poco para la hora de la cena y Tess no era una perra que se perdiera sus comidas.

Él también continuó andando, con la mente ocupada. Aquí, en el bosque, nombraba los árboles. Había sido un estudioso del New Forest desde que llegó por primera vez a Hampshire y, después de una década, conocía el Perambulation, su carácter y su legado mejor que la mayoría de los lugareños.

Después de haber andado un trecho decidió sentarse en el tronco de un aliso caído, no muy lejos de un bosquecillo de acebo. Aquí los rayos del sol se filtraban a través de las ramas de los árboles, moteando un terreno de consistencia esponjosa después de años de abono natural. Gordon continuó con su costumbre de nombrar los árboles a medida que los veía y luego siguió con las plantas. Pero había muy pocas, porque el bosque formaba parte de la tierra de pastoreo y era visitado por ponis, asnos y gamos. En abril y mayo los animales disfrutarían de un auténtico banquete con los tiernos brotes de los helechos, moviéndose alegremente entre éstos y las flores silvestres, los alisos jóvenes y los brotes de las nuevas zarzas. Los animales, por lo tanto, convertían en un desafío la actividad mental de Gordon. Esculpían el paisaje de manera que caminar por el bosque, a través de los árboles, era una tarea muy simple y no el reto que implicaba recorrer un sendero sorteando la maleza.

Oyó los ladridos de la perra y prestó atención. No estaba preocupado, ya que reconocía los diferentes ladridos de Tess. Este era uno alegre, el que emitía para saludar a un amigo o a un palo lanzado en Hatcher Pond. Se levantó y miró en la dirección de la que provenían los ladridos. El sonido se acercó y, mientras lo hacía, alcanzó a oír una voz que lo acompañaba, la voz de una mujer. Poco después la vio aparecer entre los árboles.



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