Al principio no la reconoció, ya que se había cambiado de ropa. Había sustituido el vestido de verano, el sombrero de sol y las sandalias por unos pantalones caqui y una camisa de manga corta. Aún llevaba puestas las gafas de sol -él también, ya que el día seguía siendo soleado y luminoso- pero su calzado aún era completamente inadecuado para lo que estaba haciendo. Aunque había prescindido de las sandalias, las había reemplazado por unas botas de goma de caña alta, una elección muy extraña para un paseo en pleno verano, a menos que su intención fuese caminar a través del cenagal.

– Ya me parecía que se trataba del mismo perro. Es la cosa más dulce del mundo -dijo ella.

Podría haber pensado que le había seguido a Longsdale Bottom y Hinchelsea Wood, salvo por el hecho evidente de que había llegado allí antes que él. La mujer salía del bosque; él estaba entrando. Desconfiaba de la gente, pero se negaba a mostrarse paranoico.

– Usted estaba buscando Monet's Pond.

– Lo encontré -contestó ella-. Aunque no sin acabar primero en una zona de pastoreo de vacas.

– Sí -dijo él.

La mujer ladeó la cabeza. Su pelo volvió a reflejar la luz, como lo había hecho en Boldre Gardens. Él se preguntó, estúpidamente, si se habría hecho mechas. Nunca había visto un pelo con ese brillo.

– ¿Sí? -repitió ella.

Él balbuceó al responder.

– Lo sé. Quiero decir, sí, lo sé. Pude adivinarlo. Por el camino que tomó.

– Oh, de modo que me estaba observando desde ese tejado, ¿verdad? Espero que no se haya echado a reír. Habría sido muy cruel.

– No.

– Bueno, soy un desastre leyendo mapas y no mucho mejor con las indicaciones, de modo que no es ninguna sorpresa que volviese a perderme. Al menos no me topé con ningún caballo.



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