
– Gordon Jossie -dijo él, y le estrechó la mano. La suavidad del tacto le recordó cuan ásperas estaban sus manos por el trabajo. Y qué sucias, considerando que se había pasado todo el día en ese tejado-. Lo había supuesto.
– ¿Qué?
– Que no era de por aquí.
– Sí. Bueno, supongo que los lugareños no se pierden tan fácilmente como yo, ¿verdad?
– No es eso. Sus pies.
Ella bajó la vista.
– ¿Qué pasa con ellos?
– Las sandalias que llevaba puestas en Boldre Gardens y ahora eso -dijo él-. ¿Por qué se ha puesto esas botas de goma? ¿Piensa meterse en la zona del pantano o algo así?
Ella volvió a hacer ese gesto con la boca. Él se preguntó si eso significaba que estaba tratando de contener la risa.
– Usted es una persona de campo, ¿verdad?, de modo que pensará que soy tonta. Es por las víboras -dijo-. He leído que hay víboras en el New Forest y no quería toparme con uno de esos bichos. Ahora se reirá de mí, ¿no es cierto?
Él no tuvo más remedio que sonreír.
– Entonces, ¿espera encontrar serpientes en el bosque? -No aguardó a que le respondiera-. Están entre los matorrales. Se quedarán allí donde haya más sol. Podría ocurrir que se topase con una de ellas en el sendero que atraviesa el cenagal, aunque es poco probable.
– Veo que tendría que haberle consultado antes de cambiarme de ropa. ¿Ha vivido siempre aquí?
– Desde hace diez años. Vine desde Winchester.
– ¡Yo también! -Ella desvió la mirada en la dirección de donde había llegado y dijo-: ¿Puedo acompañarle durante un trecho, Gordon Jossie? No conozco a nadie en este lugar y me encantaría hablar con alguien, y puesto que parece inofensivo y está acompañado de la más dulce de las perras…
Él se encogió de hombros.
– Como guste. Pero yo sólo sigo a Tess. No necesitamos seguir andando. Ella entrará en el bosque y regresará cuando esté lista…, quiero decir, si prefiere sentarse en lugar de caminar.
