– Oh, sí, mejor nos sentamos. A decir verdad, ya he caminado demasiado.

Él señaló el tronco donde había estado sentado cuando ella apareció entre los árboles. Se sentaron separados por una prudente distancia, pero Tess no se alejó, como Gordon pensó que haría. En lugar de eso, la perra se acomodó junto a Gina. Suspiró y apoyó la cabeza sobre las patas.

– Usted le gusta -dijo él-. Los lugares vacíos necesitan llenarse.

– Una gran verdad.

Parecía apesadumbrada, de modo que Gordon le hizo la pregunta obvia. No era habitual que alguien de su edad se mudase al campo. Los jóvenes acostumbraban a emigrar en la dirección opuesta.

– Bueno, sí. Fue por una relación que acabó «muy» mal. -Pero lo dijo con una sonrisa-. De modo que aquí estoy. Espero poder trabajar con adolescentes embarazadas. Eso es lo que hacía en Winchester.

– ¿De verdad?

– Parece sorprendido. ¿Por qué?

– No parece mucho mayor que una adolescente.

Ella deslizó las gafas de sol por el puente de la nariz y le miró por encima de los cristales.

– ¿Está coqueteando conmigo, señor Jossie? -preguntó.

Él sintió una ráfaga de calor en el rostro.

– Lo siento. No era mi intención…

– Oh. Lástima. Pensé que quizás sí lo era. -Se colocó las gafas en la parte superior de la cabeza y le miró abiertamente. Pudo comprobar que sus ojos no eran azules ni verdes, sino de un color intermedio, indefinible e interesante-. Se está sonrojando. Nunca había hecho sonrojar antes a un hombre. Es muy dulce. ¿Se ruboriza a menudo?

Gordon sintió que la sensación de calor aumentaba. Él no «tenía» esta clase de conversaciones con las mujeres. No sabía qué hacer con ellas: las mujeres o las conversaciones.

– Le estoy incomodando. Lo siento. No era mi intención. A veces gasto bromas. Es una mala costumbre. Tal vez pueda ayudarme a romperla.



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