
– Gastar bromas no es malo -dijo él-. Estoy más…, estoy un poco confundido. Yo, principalmente…, cubro con paja los tejados.
– ¿Todos los días?
– Más o menos.
– ¿Y para divertirse? ¿Para relajarse? ¿Para distraerse?
Él hizo un gesto con la cabeza señalando a Tess.
– Hmmm. Entiendo. -Se inclinó hacia la perra y la acarició donde más le gustaba, justo en la parte exterior de las orejas. Si la retriever hubiese sido capaz de ronronear, lo habría hecho. Gina pareció haber tomado una decisión, ya que, cuando alzó la vista, su expresión era pensativa-. ¿Le gustaría ir a tomar algo conmigo? Como ya he dicho antes, no conozco a nadie en este lugar y usted «sigue» pareciéndome alguien inofensivo, y como «yo» soy inofensiva y como tiene una perra encantadora… ¿Le gustaría?
– En realidad, no bebo.
Ella enarcó las cejas.
– ¿No ingiere ninguna clase de líquidos? Eso no es posible.
Él sonrió, a pesar de sí mismo, pero no contestó.
– Pensaba tomar una limonada -dijo ella-. Yo tampoco bebo. Mi padre… Él bebía mucho, de modo que me mantengo alejada del alcohol. Eso me convirtió en una inadaptada en el colegio, aunque en el buen sentido, creo. Siempre me gustó ser diferente de los demás.
Luego se levantó y se sacudió el polvo de los pantalones. Tess también se levantó y agitó la cola. Era evidente que la perra había aceptado la impulsiva invitación de Gina Dickens. A Gordon no le quedó más alternativa que hacer lo mismo.
No obstante, dudó un momento. Prefería mantenerse a distancia de las mujeres, pero ella no le estaba proponiendo una relación, ¿verdad? Y, por el amor de Dios, parecía bastante inofensiva. Su mirada era franca y amistosa.
– Hay un hotel en Sway -dijo él.
Gina pareció sorprendida y él se dio cuenta de cómo había sonado ese comentario. Con las orejas encendidas, dijo.
