
– Tú amarás a cualquiera que te ame. -Con esas palabras, Meredith había dado por concluida su apasionada crítica sobre la pareja más reciente de Jemima, uno más en la larga lista de hombres que habían entrado y salido de su vida-. Venga, Jem. Cualquiera que tenga ojos y medio cerebro puede ver que hay algo raro en ese tío.
No era la mejor manera de calificar a un hombre con la que tu mejor amiga afirma que está decidida a casarse. Vivir con él ya era bastante malo, en lo que a Meredith concernía. Pero atarse a él para siempre…
De modo que el insulto había sido doble, a Jemima y al hombre al que su amiga, al parecer, amaba. Por lo tanto, Meredith nunca había visto los frutos del trabajo de Jemima en cuanto al lanzamiento del Cupcake Queen.
Ahora, lamentablemente, tampoco pudo ver los frutos de ese trabajo. Cuando Meredith aparcó, cogió el pastel de chocolate -ahora más que nunca parecía como si el chocolate estuviese transpirando, y eso no podía ser una buena señal- y llevó el regalo hasta la puerta del Cupcake Queen, descubrió que la tienda estaba cerrada a cal y canto, los alféizares de las ventanas estaban cubiertos de tierra y el interior explicaba la historia de un negocio que había fracasado. Meredith alcanzó a ver un exhibidor vacío, junto con un mostrador polvoriento y una antigua estantería de pastelero que no contenía utensilios ni tampoco productos horneados. ¿Y esto era…, qué? ¿Diez meses después de haber abierto la tienda? ¿Seis meses después? ¿Ocho? Meredith no lo recordaba con exactitud, pero no le gustó nada lo que veía, y le costaba creer que el negocio de Jemima pudiera haberse hundido tan deprisa. Cuando trabajaba desde su casa contaba con un número de clientes más que razonable y, seguramente, la habrían seguido a Ringwood. ¿Qué había ocurrido?
Decidió que buscaría a la única persona que probablemente pudiese darle una explicación al respecto. Ella ya tenía su propia teoría sobre el asunto, pero quería estar preparada para cuando finalmente se encontrase con Jemima.
