
Meredith encontró por fin a Lexie Streener en el salón de peluquería de Jean Michel, en la calle principal. Primero fue a la casa de la adolescente, donde la madre de la chica interrumpió lo que estaba haciendo -tecleando un extenso folleto sobre la tercera bienaventuranza del Sermón de la Montaña – para exponer con aburridos detalles lo que significaba realmente estar entre los humildes. Cuando Meredith insistió, en busca de más información, la mujer reveló que Lexie estaba lavando el pelo en la peluquería de Jean Michel («No hay ningún Jean Michel -señaló con aspereza-. Eso es una mentira, algo que está en contra de la ley de Dios»).
En la peluquería de Jean Michel, Meredith tuvo que esperar a que Lexie Streener acabase de frotar enérgicamente el cuero cabelludo de una mujer corpulenta que ya había tomado cantidades más que suficientes de sol y que exhibía suficiente carne como para ilustrarlo. Meredith se preguntó si Lexie estaba planeando hacer carrera como peluquera. Esperaba que no, ya que si la propia cabeza de la chica representaba algún indicio de sus talentos en este terreno, nadie que tuviese sentido común permitiría que ella se le acercase con unas tijeras o un bote de tinte en las manos. Sus mechones eran azules, rosados y rubios. Se los había cortado hasta un largo realmente punitivo -uno pensaba de inmediato en la presencia de piojos-, o bien se habían caído, incapaces de hacer nada más después de repetidas exposiciones al teñido y la decoloración.
– Sólo me llamó un día por teléfono -dijo Lexie cuando Meredith finalmente pudo hablar con la chica. Había tenido que esperar al descanso de Lexie y le había costado una Coca-Cola, pero estaba bien si ese mínimo gasto le reportaba información-. Pensaba que estaba haciendo un buen trabajo en la tienda, pero de pronto me llama y me dice que no vaya a trabajar al día siguiente.
