
Incluso a día de hoy, este establecimiento está lleno de artículos y ofrece de todo, desde ropa hasta té. Sus pasillos son estrechos, las estanterías son altas, los cajones metálicos son una mezcolanza de calcetines, pañuelos de cuello, guantes y bragas. Allí venden artículos con tara, falsificados, de segunda mano y mal etiquetados, y productos importados de China. Resulta imposible saber cómo se gestiona el control de las existencias, aunque el propietario parece haber perfeccionado un sistema mental que tiene en cuenta todos los artículos expuestos.
Michael, Ian y Reggie entraron en la tienda con la intención de robar, quizá como una forma de compensar el disgusto que sentían por haber sido obligados a abandonar el salón de videojuegos. Aunque la tienda contaba con dos cámaras de seguridad, ese día no estaban operativas y llevaban así al menos dos años. Este hecho era ampliamente conocido por los chicos del vecindario, quienes hacían frecuentes visitas a la tienda. Ian Barker se encontraba entre los visitantes más regulares, ya que su dueño fue capaz de nombrarlo, aunque no conocía su apellido.
Mientras estaban en la tienda, los chicos consiguieron robar un cepillo para el pelo, una bolsa de galletas de Navidad y un paquete de rotuladores, pero la facilidad con la que habían desarrollado esta actividad no satisfizo su necesidad de comportamiento antisocial, o bien el momento careció de la adecuada excitación, de modo que al marcharse de la tienda fueron a un puesto de bocadillos en el centro de la galería comercial; su propietario, un sij de cincuenta y siete años llamado Wallace Gupta, conocía bien a Reggie Arnold. La entrevista al señor Gupta -que tuvo lugar dos días después de los hechos y, en consecuencia, resulta un tanto sospechosa- indica que les dijo a los chicos que se largasen de allí inmediatamente, amenazándolos con el guardia de seguridad y siendo calificado a su vez de «paki», «cabrón», «maricón», «gilipollas» y «cabeza de toalla».
