
– ¿Y su vida privada? ¿No se siente muy sola en la gran ciudad? -preguntó y parecía que realmente le interesaba.
– De ninguna manera -le aseguró ella. Había tenido muchas oportunidades de salir con jóvenes… Probablemente era su propia culpa que, a causa de lo estricto de su educación, no se animaba a salir con cualquier persona de Hetherington cuando la invitaban.
– Bien -sonrió él-. No me gustaría saber que es usted infeliz aquí -el hombre era un dulce, pensó Kelsa, y advirtió que en el poco tiempo que se conocían, ella había llegado a apreciarlo mucho. Luego, él le apartó los pensamientos de ese tema, al preguntarle-: ¿Y cómo se comporta su automóvil?
– Eso me recuerda que debo informarme de las horas de salida de los autobuses esta tarde -repuso Kelsa.
– ¿Su coche está en el taller de nuevo?
– Sí y esta vez hasta mañana -informó ella y sonrió al agregar-: Pronto tendré que pensar seriamente en cambiarlo por algo más confiable.
– Bueno, pero no se preocupe por tomar el autobús esta tarde. Yo la llevaré a su casa.
– Ah, no quisiera molestarlo -protestó ella rápidamente-. ¿Qué acaso no llega su hijo hoy? De seguro querrá usted…
– Mire; no es ninguna molestia llevarla a su casa, se lo aseguro. En cuanto a Lyle, no es seguro que llegue hoy y si viene, sé que estará tan ocupado que no tendrá ni tiempo de respirar -se detuvo y, como según él, el asunto ya estaba arreglado, sonrió-. ¿Continuamos?
A las tres de la tarde, Kelsa le recordó que él debía estar en su habitual reunión de los lunes.
– Lo estarán esperando, señor Hetherington -le sugirió.
– No, no lo creo -repuso él con ligereza-. Tanto Kendall como Pettit tienen gripe y Ramsey Ford tampoco se veía muy bien hoy que lo vi en el almuerzo, así que pospuse la reunión para el jueves; lo cuál significa -sonrió al pensarlo-, que podemos irnos temprano. ¿Qué le parece?
Kelsa pensó en la cantidad de trabajo que le quedaba todavía; pero cuando lo meditó, decidió que ella podría trabajar el doble al día siguiente.
