
Kelsa se dirigió a su oficina, comprendiendo que a veces se tenía que ser algo rudo en los negocios, pero esperaba que Carlyle, aunque fuera así, tuviera algo del encanto de su padre también. Luego se olvidó completamente de él, al ver que su jefe ya había llegado y tenía la puerta de su oficina abierta.
– Buenos días, señor Hetherington -le sonrió Kelsa.
– Buenos días, Kelsa -respondió él-; creo que hoy sólo estamos usted y yo -refiriéndose al hecho de que Nadine se había tomado unos días de descanso. Con eso empezó la semana y al poco rato estaban ambos enfrascados en su trabajo.
Ya eran más de las once y media, cuando Kelsa advirtió que ninguno de los dos se había tomado un descanso para disfrutar de un café.
– ¿Café? -le preguntó al presidente, consciente de lo duro que trabajaba el hombre y pensando en que, a su edad, debería de relajarse un poco.
– ¡Es usted un ángel! -aceptó él y dejó a un lado su pluma para charlar un rato con Kelsa.
En las últimas semanas ella le había revelado, poco a poco, algo de sí misma, incluyendo el hecho de que recientemente se había mudado de Herefordshire, a Londres, pero que regresaba a Drifton Edge casi todos los fines de semana en esos meses de invierno, para revisar si había tuberías rotas o algo por el estilo.
A su vez, ella concluyó, por los comentarios que su jefe le hacía, que él parecía disfrutar más del trabajo que de la vida hogareña. Aunque, según advirtió Kelsa, eso no disminuía en nada el cariño y el orgullo que experimentaba por su hijo. El hijo soltero disfrutaba mucho de su soltería, pues no vivía con sus padres, sino que tenía su propiedad en Berkshire.
– Y bien, Kelsa -le sonrió el presidente-, ha estado aquí durante tres semanas conmigo. ¿Le gusta el trabajo?
– Me encanta -repuso ella con honestidad y advirtió nuevamente la corriente afectiva que había entre ellos.
