– Pero no hay nada especial que la retenga aquí, ¿o sí? Además, le ayudaríamos a encontrar alojamiento.

Kelsa se fue a su casa, diciendo que lo pensaría. Y lo pensó durante mucho tiempo. De hecho, Vonnie regresó de su luna de miel, antes que Kelsa tomara una resolución. Le contó a su amiga acerca del puesto que le ofrecieron, cuando Vonnie pasó a verla a la oficina, al día siguiente de que regresó.

– ¿Qué puedes perder? -fue su reacción-. Podrías rentar tu casa mientras estás allá y haces la prueba. Si no resulta, estarían felices aquí de volver a darte tu puesto.

Era cierto, ¿qué podía perder? De pronto, después de tanto tiempo de meditarlo, Kelsa supo lo que iba a hacer. Tomó una hoja de papel y una pluma.

– Tengo el honor de dar aviso de mi renuncia -declaró y sonrió cuando Vonnie soltó una exclamación de gusto y la abrazó.

La siguiente decisión de Kelsa, fue la de no rentar su casa. Por alguna razón, no le gustaba la idea. Tal vez más adelante, si las cosas iban bien en Londres, pensaría en venderla; pero por el momento, no podía asimilar la idea de tener gente extraña viviendo ahí, con las cosas que sus padres amaban y, en algunos casos, guardaban como un tesoro.

– ¡Señorita Stevens! -el encargado del taller, que se le acercó y le dio una palmada al capó del coche, la sacó de sus pensamientos, ya que, como ella temió, empezó a explicarle con detalles técnicos las fallas de su coche.

– ¿Pero lo puede arreglar? -interrumpió Kelsa cuando él se detuvo un instante-. ¿Y puedo pasar por él esta tarde?

– Sí lo puedo arreglar -replicó el hombre-, pero no estará listo antes de mañana. Enero es un mes muy atareado, como sabrá.

Kelsa no lo sabía, aunque sospechaba que sería porque el mal tiempo causaba muchos accidentes. Sus padres habían muerto en un accidente automovilístico y rápidamente apartó su mente de ese tema.

– Entonces pasaré por el coche mañana -acordó y, dándole al encargado las llaves, salió rápidamente del taller.



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