
Advirtió que tendría que tomar el autobús esa noche para ir a su pequeño apartamento; en seguida, se dirigió a Hetheringtons, que afortunadamente estaba bastante cerca del taller. También lo estaba el apartamento, que encontró por sí misma sin ayuda de la empresa; no tenía muebles y ella utilizó algunos de su propia casa.
El edificio Hetherington apareció ante su vista y Kelsa esbozó una sonrisa. Con una sensación de calidez pensó en lo bien… lo sorprendentemente bien que había progresado desde su primer día de trabajo ahí, hacía casi tres meses.
No es que hubiera empezado muy bien, pues al tardar demasiado en aceptar el puesto que le ofrecieron inicialmente, cuando respondió, ya no estaba vacante; pero habiendo quemado ya sus naves al presentar su renuncia en el otro empleo, se consideró afortunada de que le ofrecieran un puesto de mucho menos categoría, como secretaria de Ian Collins, en la sección de transportes en la oficina matriz. Sin titubear, lo aceptó.
No obstante, ese trabajo no resultó ser más estimulante que el que tenía en Coopers, pero cuando llevaba trabajando para Ian Collins dos meses, sucedió algo que cambió de manera dramática la situación. Sintió una cálida satisfacción al recordar el afortunado encuentro que tuvo un día con el presidente de toda la compañía. Tal vez no fue precisamente un encuentro, sino un tropiezo con él.
Kelsa iba camino de otro departamento a una diligencia, cuando vio a un hombre alto y canoso de unos sesenta años, que caminaba hacia ella. No había nadie más alrededor en ese momento, pero al irse acercando la miró como para saludarla y entonces el tropezó y tambaleó hacia ella.
En un instante, a pesar de su aspecto refinado y del elegante traje que portaba, Kelsa lo tomó del brazo para estabilizarlo.
– ¿Está usted bien? -preguntó con la voz gentil y musical como la de su madre, al mirarlo con preocupación.
