– ¿Es usted… nueva aquí? -preguntó él, incorporándose.

Kelsa lo soltó, aunque se quedó cerca de él, pues todavía se veía pálido.

– Llevo aquí dos meses -sonrió, atrasando su partida por si acaso el hombre todavía no se recuperaba, como quería aparentarlo. Sin importar quién fuera, Kelsa no podía dejar al hombre, si estaba a punto de desmayarse-. Trabajo en la sección de transportes, para Ian Collins -agregó, mientras advertía que él parecía bastante afectado por su tropezón.

– Eso explica el porqué no la he visto por acá… Habría recordado esa sonrisa -comentó él, muy galantemente. Considerando los cientos de empleados que debían pasar por esos corredores, sería un milagro que él recordara el rostro y la sonrisa de todos. Ya estaba pensando que podría seguir su camino y dejar al hombre sin riesgo, cuando él, sin dejar de mirarla, dijo:

– Por cierto, yo soy Garwood Hetherington.

– ¡Ah! -murmuró ella, sin saber qué reacción esperaba él de ella, al darle esa noticia. Ella ya había intuido que él debía ser un alto ejecutivo de Hetherington, así que no fue mucha sorpresa enterarse de que no sólo lo era, sino que estaba en la misma cima de todos. El Presidente -murmuró e instintivamente le extendió la mano.

– ¿Y usted es? -preguntó él, estrechándole la mano.

– Kelsa Stevens -sonrió ella y advirtió que el señor Hetherington estaba tan ocupado, como debía estarlo cualquier presidente de una compañía, cuando, con un movimiento brusco, el hombre miró su reloj para ver la hora.

– Ese es un nombre muy poco usual -comentó él y, con un esbozo de sonrisa, preguntó-: ¿Y tiene otros nombres, también?

Sintiéndose extrañamente a gusto con su trato, Kelsa no experimentó ninguna timidez.

– Para librarme de pecados, mis padres me clasificaron con el nombre de Kelsa Primrose March Stevens -contestó ella, pero por si acaso a él le parecían sus nombres muy graciosos, Kelsa apartó la vista con el pretexto de ver la hora.



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