Aprendió mucho en las siguientes tres semanas. Tenía una mente ágil y absorbía los conocimientos como una esponja; en poco tiempo se dio cuenta de que nunca había sido tan feliz. El trabajo, aunque le era extraño al principio, estaba dentro de sus capacidades, era agradable y la mantenía completamente ocupada. Además, había una bonificación: tanto Nadine como el señor Garwood Hetherington eran siempre generosos, independientemente de las tensiones que afrontaran. Y al pasar una semana y otra, Kelsa advirtió que se había formado un lazo afectivo no sólo con Nadine, sino también con el presidente.

En el aspecto personal, Kelsa se enteró de que Nadine era divorciada, pero que estaba nuevamente comprometida, aunque no tenía prisa por volver a casarse. Del presidente, Kelsa supo que era casado y que vivía con su esposa Edwina en Surrey.

Su hijo, Carlyle Hetherington, además de ser el director general del Grupo Hetherington, era de ideas avanzadas y se responsabilizaba por los nuevos proyectos. Lyle, como su padre afectuosamente lo llamaba, estaba inspeccionando su planta en Australia todo ese mes y Kelsa todavía no lo conocía. Al detenerse el ascensor en su piso, ella, haciendo divagaciones, advirtió que llevaba tres semanas trabajando en el último piso, y que no faltaba mucho para que conociera al hijo y heredero de Hetherington. Él debía llegar ese día o al siguiente, recordó Kelsa, y como según Nadine, él visitaba la oficina de su padre una vez por semana aproximadamente, sin duda vendría esa semana también. Al parecer, Lyle Hetherington era de los que alcanzan el éxito en el mundo.

– Yo tenía muchas ambiciones a su edad -le confió Garwood Hetherington un día cuando le comentaba sobre los planes futuros de su hijo. Y conseguirá lo que se propone -dijo con orgullo-, aunque, con la mitad de la junta directiva en contra, no sé cómo lo hará, pero es capaz de ser despiadado si tiene que serlo; así que será interesante ver cómo se desarrollan las cosas -terminó con admiración.



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