
Tendría que ser un tonto para no creer en él.
Teniendo en cuenta lo siguiente:
A su hermano mayor, Anthony.
A su hermana mayor, Daphne.
A sus otros hermanos, Benedict y Colin, sin mencionar a sus hermanas, Eloise, Francesca, y (aunque no lo crean) Hyacinth, todos -absolutamente todos- estaban completamente enamorados de sus respectivas parejas.
A la mayoría de los hombres, ese tipo de cosas solo les produciría un ataque de bilis, pero para Gregory, quien había nacido con una alegría incomparable, que de vez en cuando (según su hermana menor) era irritante, eso sencillamente significaba que no tenía otra opción, más que creer en lo obvio:
El amor existía.
Y no era una completa invención de la imaginación, diseñada para evitar que los poetas murieran de hambre. Podría ser algo que no se podía ver, oler o tocar, pero estaba allí, y era solo cuestión de tiempo antes de que él, también, encontrara a la mujer de sus sueños y se estableciera para ser fructífero, se multiplicara y asumiera aficiones como el papel maché y la colección de ralladores de nuez moscada.
Aunque, si quería ser claro en un punto, que parecía ser bastante necesario para ese concepto tan abstracto, sus sueños no incluían exactamente a una mujer. Bueno, no a una con atributos específicos e identificables. No sabía nada de la mujer que iba a ser suya, la única que supuestamente transformaría su vida completamente, convirtiéndolo en un pilar feliz de aburrimiento y respetabilidad. No sabía si sería bajita o alta, o morena o rubia. Le gustaba pensar que podría ser inteligente y poseer un gran sentido del humor, pero más allá de eso, ¿Cómo iba a saberlo? Ella podía ser tímida o franca. Tal vez le podría gustar cantar. O quizás no. Quizás era una amazona, con un cutis sonrosado por estar demasiado tiempo bajo el sol.
No lo sabía. Cuando esa mujer llegara, esa imposible, maravillosa y actualmente inexistente mujer, todo lo que en realidad sabía era que cuando la encontrara…
