En realidad, Gregory no le estaba prestando la debida atención. Raramente lo hacía.

Bueno, no, ocasionalmente lo hacía, pero…

– ¿Gregory? ¡Gregory!

Levantó la mirada, pestañeando. Anthony tenía los brazos cruzados, esa nunca era una buena señal. Anthony era el vizconde Bridgerton, y lo había sido durante más de veinte años. Y mientras que era -Gregory era el primero en insistir- el mejor de los hermanos, también hubiera podido ser un excelente señor feudal.

– Perdóname por entrometerme en tus pensamientos, de esta manera -dijo Anthony en una voz seca-, pero tú has, quizás -solo quizás- ¿escuchado algo de lo que te he dicho?

– Diligencia -repitió Gregory como un loro, mientras asentía con lo que juzgaba era un gesto de suficiente gravedad-. Dirección.

– En efecto -replicó Anthony, y Gregory se felicitó a sí mismo por lo que claramente había sido una excelente actuación-. Es tú última oportunidad de que le busques alguna dirección a tu vida.

– Por supuesto -murmuró Gregory, principalmente porque no había cenado, y tenía hambre, y había escuchado que su cuñada estaba sirviendo refrescos en el jardín. Además, nunca tenía sentido discutir con Anthony. Nunca.

– Debes hacer un cambio. Escoger un nuevo camino.

– Claro. -Quizás había bocadillos. Podía comerse cuarenta de esas ridiculeces cortadas por la mitad.

– Gregory.

La voz de Anthony tenía ese tono. Aquel que era imposible de describir, pero lo suficientemente fácil de reconocer. Y Gregory sabía que era el momento de prestar atención.

– Correcto -dijo, porque de verdad, era notable como una sola sílaba podría borrar a una frase apropiada-. Espero unirme al clero.

Eso hizo que Anthony se congelara. Muerto, helado, frío. Gregory hizo una pausa para saborear el momento. No le importaba que para ello, hubiera tenido que convertirse en un condenado vicario.



7 из 329