
– ¿Discúlpame? -murmuró Anthony finalmente.
– No es que tenga muchas opciones -dijo Gregory. Y cuando esas palabras emergieron, comprendió que era la primera vez que las había dicho. Las hacía más reales, de algún modo, más permanentes-. Es el ejército o el clero -continuó-, y bueno, debo decir esto: Soy una bestia para disparar.
Anthony no dijo nada. Todos sabían que tenía razón.
Después de un momento de incómodo silencio, Anthony murmuró:
– Hay espadas.
– Sí, pero con mi suerte, me enviarían a Sudan. -Gregory se estremeció-. No debe ser demasiado terrible, pero en realidad, hace mucho calor. ¿Querrías ir?
Anthony objetó inmediatamente.
– No, claro que no.
– Y -agregó Gregory, empezando a disfrutarlo-, está Madre.
Se hizo una pausa. Entonces:
– Ella sabe algo de Sudan… ¿verdad?
– No le gustaría mucho mi partida, y entonces tú, sabes, serás el único que deberá sostener su mano cada vez que se preocupe, o tenga alguna pesadilla horrible sobre…
– No digas más -le interrumpió Anthony.
Gregory se permitió reír internamente. Realmente no era justo para su madre, quien, solo para señalar, nunca había dicho alguna vez que pronosticara el futuro con algo tan tonto como un sueño. Pero si odiaría que él se marchara a Sudan, y Anthony tendría que escucharla cuando se preocupara por eso.
Y como Gregory no estaba particularmente deseoso de partir de las orillas nubladas de Inglaterra, el argumento era muy discutible, de cualquier forma.
– Correcto -dijo Anthony-. Bien. Estoy feliz, entonces, de que finalmente hayamos podido tener esta conversación.
Gregory le echó un vistazo a su reloj.
Anthony se aclaró la garganta, y cuando habló, se escuchaba un filo de impaciencia en su voz.
