
Pasaron el resto del fin de semana en una nube de pasión. Excepto unas cuantas incursiones necesarias a la cocina, no salieron del dormitorio principal.
Después del apasionado encuentro que había tenido lugar en el salón, Justice llamó a Phil, el capataz, y le dijo que se encargara él del rancho durante los próximos días.
No había sido una promesa de para siempre, pero Maggie se había sentido agradecida. Aun así, sabía que estaba loca, pues se estaba exponiendo a más sufrimiento.
Mientras siguiera enamorada de Justice King, no iba a tener paz porque no podían estar juntos sin hacerse daño y tampoco podían vivir separados.
Por lo menos ella, que se estaba muriendo de pena.
Aquello no era justo.
Maggie suspiró suavemente sin dejar de mirar a Justice. La única luz que había en la habitación procedía de la chimenea de piedra, de los rescoldos. Afuera había una gran tormenta invernal y estaba lloviendo.
Maggie también sentía que en su interior se estaba librando una dura tormenta.
¿Qué podía hacer? Había intentado vivir sin él y lo único que había conseguido había sido pasar nueve meses terribles. Se había entregado por completo al trabajo para no pensar ni sentir, pero le había parecido una forma de vivir completamente vacía. Lo cierto era que quería estar con Justice, que sin él jamás sería feliz.
Justice era el mejor amante que jamás había tenido. Sus caricias la quemaban, su aliento la acariciaba, su voz la hacía excitarse aunque acabara de tener un orgasmo, su piel seguía encendida mucho después de que la hubiera tocado.
Maggie cerró los ojos y sintió su miembro en el interior de su cuerpo, sintió los latidos de sus corazones acompasados y no pudo evitar preguntarse, como de costumbre, cómo era posible que dos personas estuvieran tan conectadas y tan alejadas a la vez.
