
Justice sabía que aquello se iba a producir tarde o temprano.
Maggie y él tenían una química increíble, pero en las cosas que importaba estaban muy distanciados.
Ella estaba tumbada con su cabellera pelirroja extendida sobre la almohada, tapada hasta el escote con las sábanas y con una pierna al descubierto.
Justice siempre la recordaría así y lo sabía, como también sabía que aquel recuerdo lo atormentaría para siempre.
– Justice, tenemos que hablar.
– ¿Por qué? -contestó él. Se acercó a la silla donde había dejado los vaqueros y se los puso.
Era mejor estar vestido para hablar con Maggie King.
– No hagas eso.
– ¿El qué?
– No me dejes fuera. No me lo hagas otra vez.
– Pero si no estoy haciendo nada, Maggie.
– Precisamente por eso -insistió Maggie incorporándose sobre el colchón.
Justice se giró hacia ella y sintió la imperiosa necesidad de acercarse y de abrazarla con fuerza, de impedir que hablara y desatara entre ellos una discusión que ninguno iba a ganar.
– No me vas a pedir que me quede, ¿verdad? -le preguntó Maggie apartándose un mechón de pelo de la cara.
Justice pensó que no hacía falta que lo hiciera, que Maggie era su esposa, que él no tenía ninguna obligación de pedirle que se quedara cuando había sido ella la que había decidido irse.
No le dijo nada, se limitó a negar con la cabeza y a abrocharse la bragueta de los vaqueros.
– ¿De qué me serviría pedírtelo si, al final, te vas a volver a ir?
– No tendría por qué irme si tú estuvieras dispuesto a ceder un poco.
– No pienso ceder-le aseguró Justice, aunque le costó porque sabía que la estaba haciendo sufrir.
