
Justice miró a Jefferson, su hermano mayor, y se levantó. Le costó un gran esfuerzo, pero fue capaz de mantener la dignidad mientras caminaba desde su butaca hasta el ventanal desde el que se veía el jardín y por el que entraba la luz del sol.
– Ya te he dicho que puedo andar, que no necesito a ningún terapeuta -le advirtió a su hermano.
Jefferson negó con la cabeza y se metió las manos en los bolsillos del pantalón.
– Eres un maldito cabezota. Seguramente, el cabezota más terrible que conozco, que es mucho decir teniendo en cuenta la familia de la que procedemos.
– Muy gracioso -contestó Justice apoyándose en la pared como quien no quiere la cosa.
Lo cierto era que el esfuerzo que estaba haciendo para apoyarse en la pierna que le dolía lo estaba matando. Claro que no estaba dispuesto a mostrar su debilidad ante su hermano.
– Vete ya -le dijo.
– Precisamente por eso he venido -contestó Jefferson.
– No te entiendo.
– Has echado a tres terapeutas de tu casa en lo que va de mes, Justice.
– Yo no les dije que vinieran -se defendió Justice.
Jefferson lo miró con el ceño fruncido y suspiró.
– Tío, te has roto la pierna por tres sitios. Te han tenido que operar. Los huesos han soldado bien, pero tienes la musculatura débil. Necesitas un fisioterapeuta y lo sabes perfectamente.
– Para empezar, no me llames tío y, para seguir, me apaño solo perfectamente.
– Sí, ya lo veo -contestó Jefferson fijándose en la mano que su hermano había apoyado en la pared y que tenía los nudillos blancos.
– ¿No tienes alguna estúpida película que rodar? -le espetó Justice.
Jefferson era el director de los estudios King y se encargaba de la división cinematográfica del imperio familiar. Le encantaba Hollywood, viajar, firmar autógrafos, buscar nuevos talentos y localizaciones.
