
Era un hombre completamente desarraigado, todo lo contrario a Justice, que estaba profundamente unido a su rancho.
– Primero tengo que hacerme cargo del idiota de mi hermano.
Justice se apoyó sobre la pared un poco más y pensó que, si Jefferson no se iba pronto, se iba a caer del esfuerzo. Aunque no quisiera admitirlo, la pierna que se había fracturado todavía estaba muy débil, lo que lo irritaba sobremanera.
Y todo por un estúpido accidente, porque su caballo se había tropezado hacía unos meses. Justice había salido disparado por encima de la cabeza del animal y no se había hecho nada, pero el caballo lo había pisoteado. El animal salió bien parado mientras que él lo estaba pasando fatal. El postoperatorio estaba resultando muy duro y le habían metido tanto metal en el cuerpo que seguro que ahora sonaría en los escáneres de los aeropuertos.
– Esto no te habría pasado si hubieras ido en un vehículo todo-terreno en lugar de a caballo -le recriminó su hermano.
– Lo dices como si se te hubieras olvidado cómo se conduce a los rebaños.
– Tienes toda la razón. Hago todo lo que está en mi mano para olvidarme de cómo es eso de salir a conducir los rebaños antes del amanecer y no me interesa lo más mínimo tener que salir de madrugada a buscar una estúpida vaca que se ha perdido.
Precisamente por eso, Jefferson vivía en Hollywood y Justice, en el rancho. Todos sus hermanos habían abandonado aquella tierra en cuanto habían sido lo suficientemente mayores como para perseguir sus sueños, pero él se había quedado porque sus sueños estaban en aquel lugar.
Allí se sentía completamente vivo, allí podía respirar aire limpio y otear el horizonte. Le gustaba el trabajo duro.
– Sabes perfectamente que un caballo es mucho más útil para bajar a los cañones, no hacen ruido y no asustan a las reses. Además, no destrozan los pastos y…
