
Maggie no era mujer de cambiar por un hombre. Era como era. «Lentejas, las comes o las dejas».
Él siempre había elegido comérsela y sabía que, si Maggie se acercaba un poco más, se la volvería a comer.
– Mira, no he venido a discutir -le dijo irritada.
– ¿A qué has venido?
– A traerte esto.
Dicho aquello, Maggie metió la mano en su enorme bolso de cuero negro, sacó un sobre de color crema y se lo entregó.
– ¿Qué es esto? -le preguntó Justice aceptándolo.
– Los papeles del divorcio -contestó Maggie cruzándose de brazos-. No has firmado la copia que mis abogados te enviaron, así que no he tenido más remedio que traértela en persona. Supongo que te resultará más difícil ignorarme si estoy de pie delante de ti, ¿verdad?
Justice dejó caer el sobre encima de la butaca que tenía más cerca, se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros y se quedó mirando a su esposa.
– No te he ignorado.
– Ya-contestó Maggie en tono molesto-. Entonces, ¿qué has estado haciendo? ¿Jugando? ¿Haciendo todo lo que estaba en tu mano para enfadarme?
Justice no pudo evitar sonreír.
– De ser así, parece que lo he conseguido.
– Claro que lo has conseguido -contestó Maggie acercándose a él.
Sin embargo, se paró antes de acercarse demasiado, como si supiera que, si pasaba de cierta distancia, la atracción que había entre ellos explotaría y aquello se convertiría en un infierno que ninguno de los dos podría controlar.
Justice siempre había sabido que era lista.
– Hace meses que me dijiste que nuestro matrimonio había terminado, así que haz el favor de firmar los papeles.
– ¿A qué vienen tantas prisas? ¿Acaso ya estás con otro?
