
Maggie lo miró indignada, como si la hubiera abofeteado.
– Eso no es asunto tuyo. Tú limítate a firmar los papeles del divorcio. Dejaste muy clara tu postura hace unos meses, así que sé consecuente.
– Yo no te dije que te fueras -protestó Justice.
– No, pero me fui por tu culpa.
– Te recuerdo que fuiste tú la que hizo las maletas, Maggie.
– Porque no me dejaste otra opción -contestó ella con un hilo de voz-. Por favor, terminemos con esto cuanto antes -añadió.
– ¿Crees que firmando estos papeles habrá terminado todo? -contestó Justice acercándose y poniéndole las manos en los hombros antes de que a Maggie le diera tiempo de distanciarse.
¡Cuánto la había echado de menos!
– Te recuerdo que tú terminaste con nuestra relación hace tiempo -contestó Maggie.
– Fuiste tú quien se marchó.
– Y tú me dejaste ir -le espetó Maggie mirándolo a los ojos.
– ¿Y qué iba a hacer? ¿Atarte a una silla?
Maggie se rió con frialdad.
– No, tú jamás harías una cosa así, ¿verdad, Justice? Tú jamás intentarías convencerme para que me quedara. Tú jamás irías a buscarme.
Aquellas palabras lo hirieron, pero no dijo nada. Lo cierto era que no, no había ido a buscarla. El orgullo se lo había impedido. ¿Qué iba a hacer? ¿Suplicarle para que se quedara? ¿Después de que le hubiera dejado claro que, por su parte, su matrimonio había terminado? No, había preferido dejarla marchar.
Maggie se apartó el pelo de la cara.
– Bueno, aquí estamos otra vez, echándonos las culpas el uno al otro, yo gritando y tú imperturbable, con esa cara de estatua que pones, y sin abrir la boca.
– Yo no pongo cara de estatua -se defendió Justice.
– ¿Cómo que no? Mírate en el espejo -contestó Maggie riéndose e intentando alejarse.
Pero Justice no se lo permitió. Maggie echó la cabeza hacia atrás y lo miró a los ojos, y Justice no pudo evitar mirar aquellos labios que tanto deseaba besar.
