
– Siempre que discutíamos, yo era la única que gritaba. Eran discusiones unilaterales. Tú nunca decías nada.
– Lo dices como si gritar fuera algo bueno.
– ¡Si hubieras gritado tú también, al menos habría sabido que te importaba lo suficiente como para discutir!
– Pues claro que me importabas -le aseguró Justice-. Lo sabías perfectamente, pero, aun así, te fuiste.
– Porque tú querías que todo se hiciera como a ti te daba la gana. El matrimonio es cosa de dos, no de uno que ordena y otro que obedece -le explicó Maggie-. Suéltame, Justice. No he venido para esto.
– Eso no te lo crees ni tú -argumentó Justice bajando la voz-. Podrías haber mandado a tu abogado, pero has preferido venir tú porque… querías verme.
– Efectivamente. Quería verte en persona para pedirte que firmes los papeles del divorcio.
– ¿De verdad? -insistió Justice inclinándose sobre ella y aspirando su aroma-. ¿Sólo has venido por eso, Maggie? ¿Por los papeles?
– Sí -contestó Maggie cerrando los ojos y poniéndole las manos en el pecho-. Quiero que todo esto termine, Justice. Si ya no hay nada entre nosotros, necesito el divorcio.
Al notar sus manos en el pecho, Justice sintió que el deseo corría por sus venas y lo dejó correr sin ponerle trabas.
Siempre había sido así entre ellos. Química, pura química. Combustión. Les bastaba con tocarse para que sus cuerpos se encendieran.
Aquello no había cambiado.
– Entre tú y yo siempre habrá algo, Maggie -le dijo viendo cómo se sonrojaba-. Lo nuestro durará siempre.
– Eso creía yo antes -contestó ella abriendo los ojos y negando con la cabeza-, pero nuestra relación debe terminar, Justice. Si vuelvo, nos haríamos daño.
Sin duda. Justice no podía darle lo que Maggie más ansiaba en la vida, así que debería dejarla partir. Por su bien. Pero había vuelto, la tenía entre sus brazos y había pasado unos meses muy duros sin ella.
