
Eso contaban los padres a sus hijos en voz baja, aunque luego los tranquilizaban diciéndoles en otro tono que, en realidad, todo aquello no eran más que leyendas. Pero, a pesar de todo, nadie salía jamás de casa después de caer la noche. «Porque la oscuridad», decían los padres, «está llena de cosas con las que es mejor no toparse».
Maya, la única hija de Lilia, la panadera viuda, que era una niña muy testaruda, no quería oír aquellas historias y no estaba dispuesta a creer en cosas que nadie había visto. En más de una ocasión se había dirigido a su madre con insolencia: a todas las historias tenebrosas que ésta le contaba, Maya las llamaba chismes y tonterías.
– Todo este pueblo está un poco loco, mamá, y tú un poco más aún -decía a veces Maya.
– Tal vez sea mejor que pienses eso -decía Lilia-. Tal vez sea cierto que existe aquí una vieja locura. Y tú, Maya, es mejor que simplemente no sepas nada de esto. Nada de nada. Quien no sabe no puede ser considerado culpable. Y tampoco puede contagiarse.
– ¿Contagiarse de qué, mamá?
– De cosas malas, Maya. De cosas nada buenas. Y basta ya. ¿Por casualidad no habrás visto mi pañuelo por alguna parte, el marrón? ¿Y cuándo vas a dejar de una vez de garabatear en el hule? Mil veces te he pedido que no lo hagas. Pues entonces no lo hagas. Basta ya. Se acabó.
Una noche, Maya esperó pacientemente debajo de la gruesa manta a que su madre se durmiera.
