Cuando su madre se durmió, Maya se levantó y miró por la ventana sin encender ninguna luz. Permaneció junto a la ventana casi hasta el amanecer, envuelta en su gruesa manta para protegerse del frío, y no vio pasar ninguna figura ni oyó ningún ruido, excepto una vez que le pareció oír tres calles más allá el triste relincho de Nimi el potro, que se había convertido en un niño del exterior y ante el cual todas las puertas del pueblo se cerraban, porque había contraído la relinchitis. Pero enseguida se calló. A la luz de la media luna, que despuntaba de cuando en cuando entre las nubes, Maya vio claramente el grupo de árboles negros que se apiñaban al otro lado de la calle, detrás de unas ruinas.

Y como esa noche en vela era demasiado larga, esperó el momento en que la luna despuntaba, sólo un instante, entre una nube y otra, y consiguió contar ocho arboles. Al cabo de una hora o dos, cuando la luna salió de nuevo, los volvió a contar y resultó que eran nueve. Cuando hubo luz otra vez volvió a contarlos y seguía habiendo exactamente nueve árboles. Pero al amanecer, cuando las laderas de las montañas empezaron a palidecer al ser tocadas por las primeras luces, Maya decidió contar otra vez, la última, aquellos árboles, y de pronto volvía a haber sólo ocho.

El mismo resultado obtuvo al contarlos a la mañana siguiente, a plena luz del día, cuando decidió acercarse en persona a las ruinas y comprobarlo de cerca: justo ocho árboles. Para asegurarse, Maya fue pasando de árbol en árbol, tocando el tronco de cada uno y contándolos en voz baja, dos veces, de uno a ocho. No había un noveno árbol. ¿Se habría confundido por la noche? ¿Debido al cansancio? ¿Debido a la oscuridad?

Maya no le contó nada sobre el noveno árbol a su madre, Lilia, la panadera viuda, ni a sus amigas, ni tampoco a la maestra Emmanuela. Sólo se lo contó a Mati, porque Mati compartía con ella en secreto el plan que llevaba ya varios meses rondándole por la cabeza. Mati escuchó la historia de Maya sobre el noveno árbol, pero no reaccionó de inmediato, se quedó un rato pensando, y al final le dijo que una noche él también se quedaría despierto, esperaría con paciencia a que sus padres y sus hermanas se durmiesen y entonces se levantaría y se acercaría a hurtadillas al grupo de árboles que se encontraba detrás de las ruinas.



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