
Esos encuentros al atardecer, las reuniones del grupo de Danir el tejero al final del día en la plaza empedrada con viejos adoquines, eran de hecho los únicos momentos de alegría en la vida del pueblo. Pues, poco después de que se pusiese el sol, el grupo se dispersaba rápidamente y cada uno se iba a su casa. En un instante la plaza se quedaba vacía y sólo la sombra permanecía allí.
Después, al caer la noche, todas las casas se cerraban y sellaban con cerrojos y contraventanas de hierro. Nadie salía de casa después de caer la noche. A las diez todas las luces se iban apagando una tras otra en las ventanas de las pequeñas casas. Sólo en la cabaña de Almón el pescador, que estaba al final del pueblo, se apreciaba a veces la luz de un flexo. A medianoche también su ventana se quedaba a oscuras.
Oscuridad y silencio reptaban desde lo profundo del bosque y se tendían sobre las casas cerradas y los jardines abandonados. Masas de sombras temblaban por los caminos del pueblo. Vientos fríos llegaban de vez en cuando desde la montaña y sacudían las copas de los árboles y los arbustos. El río se agitaba durante toda la noche y corría ladera abajo, espumoso y burbujeante, atravesando la oscuridad.
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Y es que un inmenso miedo se apoderaba del pueblo por las noches.
Noche tras noche, las calles pertenecían a Nehi, el diablo de la montaña. Noche tras noche, eso contaban algunos padres a sus hijos en voz baja detrás de las contraventanas de hierro cerradas, noche tras noche, Nehi, el diablo de la montaña, bajaba de su palacio negro, que estaba más allá de las cordilleras
