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Todo había comenzado hacía muchos años, antes de que los niños del pueblo nacieran, en un tiempo en que incluso sus padres no eran más que unos niños: en una sola noche, una noche lluviosa de invierno, desaparecieron todos los animales, mamíferos, aves, peces, reptiles, y al día siguiente por la mañana sólo quedaban en el pueblo los vecinos y sus hijos. Emmanuela, que por aquel entonces tenía diez años, se pasó semanas y semanas llorando de nostalgia por Tima, su gata moteada, que había parido tres cachorros, dos moteados como ella y uno color crema y travieso al que le gustaba disfrazarse de calcetín enrollado y esconderse dentro de una bota. Aquella terrible noche la gata y sus crías desaparecieron, dejando tras ellas una caja de zapatos forrada y vacía debajo del armario. A la mañana siguiente, Emmanuela sólo encontró en esa caja un pequeño ovillo de pelo de gato, dos pelos de los bigotes y un olor agridulce a crías cálidas, a lametones y a leche.
Algunos de los ancianos del pueblo estaban dispuestos a jurar que aquella noche habían visto por las rendijas de las contraventanas cómo la sombra de Nehi el demonio pasaba por las calles del pueblo seguida en la oscuridad por una larga procesión de sombras. A esa caravana se unieron todos los animales de todos los patios, de todos los gallineros, corrales, cercados, cuadras, chamizos, palomares y establos, multitud de sombras grandes y pequeñas, el bosque se los tragó a todos y por la mañana el pueblo estaba vacío. Al día siguiente sólo quedaban sus habitantes.
