
Durante muchos días la gente evitó mirarse a los ojos. Tenían miedo. O desconcierto. O vergüenza. Desde entonces casi nadie ha vuelto a hablar de todo aquello. Ni bien ni mal. Ni una palabra. De hecho, a veces incluso olvidan por qué prefieren olvidar. Sin embargo todos recuerdan perfectamente, en silencio, que es mejor para ellos no recordar. Y hay una especie de necesidad de negarlo todo, de negar hasta el propio silencio, y de burlarse de quien, a pesar de todo, recuerda: que se calle. Que no hable.
Solina la modista, que antes era pastora y criaba pájaros, perdió aquella noche un rebaño de cabras, un gallinero y una bandada de ocas, así como una pequeña jaula, que al amanecer estaba vacía, sin ningún gorrión. Guinom el herrero, su marido, desapareció al día siguiente, y lo encontraron una semana más tarde, congelado y tiritando de frío, entre los árboles del bosque, tal vez porque se había armado de valor y había salido a buscar su rebaño de cabras y sus aves domésticas perdidas. Cuando Solina, su mujer, y los ancianos del pueblo le interrogaron para tratar de sonsacarle lo que había visto, no consiguieron arrancarle más palabras que «Nehi» y «lamento». Así comenzó la enfermedad del olvido de Guinom, durante la cual su cuerpo empezó a encogerse, a arrugarse y a encorvarse hasta que cupo en el viejo carrito de niño y él mismo empezó a considerarse un cordero. O una cabra.
Hace muchos años, Almón, el viejo pescador, hizo en su cuaderno una relación detallada de los acontecimientos de aquella noche. Entre otras cosas, Almón escribió que la última tarde, poco antes de anochecer, sacó su red del río y encontró nueve peces vivos. Decidió dejar aquellos peces hasta el día siguiente en un frasco lleno de agua junto al umbral de su casa, para ponerlos a la venta por la mañana. Y resulta que, cuando se levantó, el frasco aún seguía lleno de agua pero no tenía peces.
