
Esa misma noche también desapareció para siempre Zito, el perro fiel de Almón, un perro sensible pero lógico como un reloj, un perro tranquilo que tenía una oreja marrón y blanca y la otra totalmente marrón. Cada vez que intentaba concentrarse para comprender lo que ocurría a su alrededor, el perro echaba las orejas hacia delante hasta llegar a juntarlas. Cuando apretaba así las orejas, se mostraba serio y hasta sabio y reflexivo, y por un instante parecía un aplicado investigador que, concentrándose con todas sus fuerzas y exprimiéndose el cerebro, estuviese a punto de conseguir descifrar alguno de los misterios de la ciencia.
A veces Zito, el perro de Almón el pescador, era capaz de leer los pensamientos de su amo. Ese perro podía adivinar los pensamientos de su dueño antes incluso de que hubieran surgido en su cabeza: de repente se levantaba de su sitio enfrente de la estufa, atravesaba la habitación y se plantaba con decisión delante de la puerta, menos de medio minuto antes de que Almón mirara el reloj de pared y decidiera que había llegado el momento de acercarse a la orilla del río. Otras veces se abalanzaba sobre Almón y le lamía la cara con su cálida lengua, le lamía con amor y ternura para consolarle por algún pensamiento triste que iba a ocupar la mente de su amo un minuto o dos más tarde.
Con todos los años que han pasado desde aquella noche, el viejo pescador aún no ha sido capaz de asumir la pérdida del perro: los dos estaban unidos por un amor lleno de ternura, desvelo y lealtad. ¿Era posible que el perro hubiese olvidado de pronto a su amo? ¿O acaso le había ocurrido alguna desgracia? Si Zito estuviese vivo, sin ninguna duda ya se habría liberado, habría escapado de quien lo tuviese secuestrado y habría encontrado el camino de vuelta a casa. En ocasiones, a Almón le parecía que desde la lejanía, desde el corazón del bosque, le llegaba el eco tenue de un ligero lamento que le llamaba y le decía ven, ven tú también, no tengas miedo.
