
Entre otras cosas, Almón escribió en su cuaderno que, sin todos los seres vivos, hasta las noches más claras de verano le parecían a veces como cubiertas por una niebla turbia, una niebla que lo envolvía todo y que casi enterraba debajo el pueblo, el corazón y el bosque. La bruma de las noches de verano, eso escribió el pescador en su cuaderno, no es esponjosa y ligera como los vapores del pueblo en invierno, sino polvorienta, sucia y agobiante.
Desde la noche en que Nehi el diablo se llevó a todas las criaturas y las arrastró a su guarida situada en la montaña, todos los habitantes del pueblo viven y cuidan sus campos de frutales en silencio y con miedo. Sin ningún animal doméstico. Solos. Únicamente el río sigue pasando aún y arrastrando con él pequeñas esquirlas de piedra, trozos de ramas, bloques de barro. Ese río no descansa ni de día ni de noche, ni en invierno ni en verano.
7
Hasta los márgenes del bosque se adentraban a veces algunos leñadores atrevidos, así como Danir, el que arregla tejados, con sus compañeros, pero ninguno osaba penetrar en el bosque si no era en grupos de tres o cuatro, y siempre a plena luz del día.
Nunca, pero nunca, y de ninguna manera, pero que de ninguna manera, decían los padres a sus hijos, nunca y de ninguna manera os atreváis a salir de casa cuando haya caído la noche. Si algún niño preguntaba a sus padres por qué, a éstos se les nublaba el rostro y decían: «Porque la noche es muy peligrosa. La oscuridad es un enemigo cruel».
Pero todos los niños sabían.
Con la luz del alba, los leñadores se encontraban ramas rotas o hierba pisoteada, entonces se miraban unos a otros y movían la cabeza sin intercambiar ni una sola palabra.
