Sabían que al caer la noche, Nehi, el diablo de la montaña, bajaba de su palacio en lo alto de las montañas para deambular por los bosques que rodeaban el pueblo, y que, a medianoche, su sombra planeaba a lo largo del río, tocaba con sus dedos las tapias de los campos de frutales, pasaba sin hacer ruido por entre las casas con las contraventanas cerradas y por los patios oscuros, y vagaba por las cuadras y los establos abandonados. El susurro de su manto negro hacía temblar la hierba por la que caminaba y las hojas que rozaba al pasar, y sólo al amanecer desaparecía en las profundidades de los bosques, escabullándose en la penumbra hacia la espesura, planeaba en silencio entre los valles, las cuevas y las grutas y volvía a su terrorífico palacio, situado en algún lugar, en la cima de alguna de las altas montañas a las que jamás ninguna persona se había atrevido a acercarse.

– Por aquí -murmuraban entre sí los leñadores por la mañana temprano-, por aquí, justo por aquí ha pasado esta noche. Hace sólo cinco o seis horas que ha pasado sin hacer ruido exactamente por el lugar en el que nos encontramos ahora.

Un escalofrío les recorría la espalda al pensar en eso.

8

Una noche, Mati decidió cumplir la promesa que le había hecho a Maya. Pero no tuvo suficiente valor para vestirse, escabullirse a hurtadillas y llegar hasta el pequeño monte que estaba al pie de las ruinas. En lugar de salir, Mati esperó pacientemente a que sus padres y sus hermanas estuvieran dormidos, y entonces se levantó y se deslizó descalzo hasta la ventana de la cocina, desde la que se podía ver de soslayo el monte, con la intención de permanecer allí, despierto y atento, hasta el alba. Consiguió contar al pie de las ruinas las sombras de nueve árboles. Durante toda la noche hubo nueve árboles, y también al despuntar el día seguía habiendo allí nueve, por lo que Mati llegó a la conclusión de que Maya se había confundido llevada por el miedo o la tensión. O tal vez simplemente se había dormido y había tenido un sueño.



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