
Pero al día siguiente, en el colegio, cuando se lo contó en voz baja, Maya le dijo:
– Mati, después de clase, tú y yo volveremos a contar cuántos árboles hay allí realmente -y fueron los dos a las ruinas y contaron bien, con cuidado, en voz alta y tocando cada árbol, y resulta que volvía a haber sólo ocho y no nueve.
En el aula, a ambos lados de la pizarra, entre las ventanas y encima de las estanterías, la maestra Emmanuela había colgado todo tipo de advertencias escritas en rojo y negro: «El bosque es un lugar peligroso». «Tened cuidado con las montañas.» «Cada arbusto puede ser un monte intrigante.» «Cada roca puede esconder detrás algo que no es una roca.» «El niño que deambule solo por la espesura puede no volver nunca, o volver contagiado de relinchitis.» «La oscuridad nos odia.» «El exterior está lleno de peligros.»
Desde las profundidades de los bosques, desde el corazón de los espesos bosques de coníferas que rodeaban el pueblo por todas partes, llegaba de la mañana a la noche un turbio olor a oscuridad. Incluso durante los meses de verano penetraba en el pueblo desde los bosques una especie de sombra oscura de invierno. Y el río, efervescente y burbujeante, serpenteaba entre los patios y se deslizaba hacia el valle, corriendo y fluyendo por la pendiente con espuma blanca en las riberas, como si ansiara con todas sus fuerzas huir lejos y, a pesar de todo, se detuviera aquí un momento para aliviar a su paso a todo este pueblo.
9
Entre todos los niños del pueblo había sólo dos, Maya y Mati, que se sintieran atraídos por los bosques oscuros. Era precisamente por tantas advertencias, tanto silencio y tanto miedo por lo que estaban fascinados por el bosque, y la imaginación los incitaba a intentar descubrir lo que se ocultaba en lo profundo de la espesura.
