
Los niños del pueblo, y entre ellos también las hermanas mayores de Mati, los habían visto a veces conversando en voz baja, y enseguida llegaron a la conclusión de que Maya y Mati habían empezado a ser pareja. Y si habían empezado a ser pareja, resultaba agradable y hasta simpático chismorrear un poco sobre ellos, y también burlarse un poco y molestarles. Y es que siempre, en cualquier tiempo y en cualquier lugar, que un chico y una chica pasan mucho tiempo juntos, solos, en vez de seguir siempre a todo el grupo, al instante se les considera pareja. Y una pareja invita a la envidia. Y la envidia duele, se hincha y empieza a segregar sarcasmo: más o menos como una herida infectada segrega pus.
Mati y Maya no se veían de ese modo a sí mismos: ellos no se consideraban pareja en absoluto, sino tan sólo los únicos partícipes de un secreto. Nunca se habían cogido de la mano, ni se habían mirado fijamente a los ojos, y tampoco se habían intercambiado sonrisas cómplices, y por supuesto no se habían besado, aunque tanto él como ella ya se habían imaginado dos o tres veces qué se siente con un beso y cómo se llega a él.
Pero sobre esas fantasías no habían hablado nunca entre ellos. Ni una sola palabra. Lo que unía a Maya y a Mati no era amor, sino un secreto que nadie, excepto ellos, debía conocer bajo ningún concepto.
