Debido al secreto, y también por las burlas de las que eran objeto, Maya y Mati se sentían muy cerca el uno del otro, y también solos, porque si los demás se enteraban de su secreto se burlarían aún más, y les molestarían e injuriarían el doble. Y es que todo aquel que no está dispuesto de ninguna manera a amoldarse y a ser como todos nosotros tiene relinchitis o maullitis o cualquier otra enfermedad de ésas, y que no se atreva a acercarse a nosotros, que guarde las distancias, no vaya a contagiarnos a todos.

También se burlaban de Almón el pescador por su cuaderno de pensamientos, por su costumbre de salir al patio y silbar cada mañana y cada tarde al perro que sin duda llevaba muerto ya muchos años y por el espantapájaros completamente inútil que puso entre los bancales de su huerto. Sobre todo se reían a sus espaldas de las largas discusiones que tenía a veces consigo mismo o con su espantapájaros. Con cierta frecuencia, el que una vez fuera pescador discutía incluso con el río, con la luna, con las nubes que pasaban por el cielo. En el pueblo se mofaban sobre todo de las emocionantes reconciliaciones entre Almón y el espantapájaros, o entre Almón y la pared o el banco, al final de cada riña o discusión.

Incluso a Lilia la panadera viuda, la madre de Maya, solían despreciar los vecinos del pueblo con gritos de júbilo, y hasta se llevaban un dedo a la sien y lo giraban refiriéndose a ella:

– Mirad, mirad, ahí va otra vez esa extraña mujer que tiene la costumbre de deshacer las hogazas de pan que no ha conseguido vender y echar las migas al río o esparcirlas entre los árboles, a lo mejor ocurre un milagro y pasa por aquí de repente algún pez perdido, o puede que un pájaro despistado sea arrastrado casualmente hacia nuestro cielo.

La verdad es que algunos de los que solían burlarse de las migas de Lilia se detenían a veces un momento al pie de los árboles o al borde del río y esperaban:



20 из 70