
Cada mañana, Nimi llegaba a clase y empezaba a contarles a todos un nuevo sueño, y cada mañana le decían:
– Qué plasta, cierra de una vez tu pozo de basura.
Y cuando no se callaba, se metían con él. Pero Nimi, en vez de sentirse herido, se unía a sus burlas. Aspiraba, se tragaba los mocos y, con una especie de alegría desbordada, empezaba a llamarse a sí mismo con los motes ofensivos que le habían puesto los niños: pozo de basura, soñador, zapato-erizo.
Maya, la hija de Lilia la panadera, que se sentaba en clase detrás de él, le susurró varias veces:
– Nimi, escucha. Sueña todo lo que quieras, con animales, con chicas, pero cállate. No lo cuentes. No te conviene.
Mati le dijo a Maya:
– No lo entiendes, Nimi sueña sólo para contarlo. Y, además, sus sueños tampoco cesan cuando se despierta por la mañana.
Todo divertía a Nimi y todo le hacía gracia: la taza rajada en la cocina y la luna llena en el cielo, el collar de la maestra Emmanuela y los dientes que sobresalían de su boca, los botones que había olvidado abrocharse y el rugido del viento en el bosque, todo lo que existía y todo lo que ocurría le parecía gracioso a Nimi. En todo encontraba una razón para partirse de risa.
Hasta que un día huyó de la clase y del pueblo y se adentró solo en el bosque. Casi toda la gente del pueblo le estuvo buscando durante dos o tres días. Durante siete o diez días más le estuvieron buscando los guardas. Luego sólo siguieron buscándolo sus padres y su hermana.
Volvió al cabo de tres semanas, delgado, sucio, arañado y magullado, pero relinchando de entusiasmo y alegría. Y desde entonces, el pequeño Nimi continuó relinchando y no volvió a hablar: no dijo ni una palabra desde que volvió del bosque, sólo deambulaba descalzo y harapiento por las calles del pueblo, moqueando, enseñando los dientes y el pozo que tenía en medio, correteando entre los patios traseros, trepando a los árboles y a los postes, y relinchando todo el rato mientras el ojo derecho le lloraba sin cesar por culpa de su alergia.
