
Era totalmente imposible hacerle volver al colegio a causa de la relinchitis. Al salir de clase, los niños relinchaban a propósito para hacerle relinchar a él. Le llamaban Nimi el potro. El médico confiaba en que se le pasaría con el tiempo: tal vez allí, en el bosque, se había tropezado con algo que le había asustado o impresionado, y ahora tenía relinchitis.
Maya le dijo a Mati:
– ¿No crees que tú y yo deberíamos hacer algo? ¿Que deberíamos intentar ayudarle?
Y Mati le contestó:
– Déjalo, Maya. Pronto se cansarán. Pronto se olvidarán de él.
Cuando los niños le echaban con burlas y arrojándole piñas y cáscaras, el pequeño Nimi escapaba relinchando. Trepaba a las ramas del árbol más cercano y desde allí, desde la copa, volvía a relincharles con un ojo lloroso y unos exagerados dientes incisivos. Y a veces desde el pueblo, incluso a mitad de la noche, parecía oírse a lo lejos el eco de sus relinchos en la oscuridad.
2
El pueblo era gris y triste. Estaba rodeado de montañas y bosques, nubes y viento. No había otros pueblos por los alrededores. Casi nunca venía nadie a este pueblo y los caminantes no lo visitaban. Unas treinta o cuarenta casas pequeñas estaban diseminadas por la ladera de un valle cerrado, rodeado por todas partes de montañas escarpadas. Sólo por el oeste había una estrecha apertura entre las montañas, y por esa apertura pasaba el único camino que llegaba al pueblo; pero no iba más allá, porque no había más allá: aquí se terminaba el mundo.
De tarde en tarde llegaba algún artesano errante o algún vendedor ambulante, y a veces algún mendigo desorientado. Pero nadie se quedaba más de dos noches, porque el pueblo estaba maldito: un extraño silencio reinaba siempre en él, ninguna vaca mugía, ningún burro rebuznaba, ningún pájaro trinaba, ninguna bandada de ocas atravesaba el cielo vacío, y tampoco los aldeanos hablaban mucho entre ellos, sólo decían lo imprescindible.
