– Quizás algún día. A pesar de todo. ¿No?

Pero al cabo de un rato reaccionaban, como si de repente alguien hubiese dado una palmada junto a sus oídos. Entonces se encogían de hombros y se iban de allí, un poco avergonzados.

Y cómo se burlaba casi todo el pueblo, abiertamente, con risa socarrona, y no sólo a sus espaldas, de Solina, la modista pobre, y de Guinom, su marido inválido, que tenía la enfermedad del olvido, y que se había encogido hasta hacerse tan pequeño como un cojín y balaba con un hilo de voz, balaba como un cordero abandonado. Solina, su mujer, solía envolverle en pañales, taparle con dos mantas de lana y sacarle todas las tardes en un carrito de niño a dar un largo paseo por las callejuelas del pueblo hasta la ribera del río, cuyo furioso bramido hacía que Guinom balara con una voz aguda y desesperada, como si todo estuviese perdido.

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Y éste era el secreto: una vez, Mati y Maya iban descalzos río arriba recogiendo guijarros redondos y pulidos con los que la madre de Mati hacía pequeños objetos de bisutería para vender. En un meandro del río, en un lugar recóndito, había un poco de agua estancada en una especie de hoyo, una especie de poza sombría oculta entre rocas grises, una poza muy pequeña, casi tan pequeña como la distancia entre las patas de una silla. Una gran cantidad de algas ocultaba el fondo de la poza. Debido a esas algas, el sol que iba a reflejarse allí se dispersaba como si se hiciese añicos en el agua: dentro de la poza se encendían multitud de luces centelleantes de un dorado intenso.

Y de pronto, entre las algas y las paredes de la roca, pasó de repente, cegador, no es posible, centelleando, brillando, serpenteando, pero ¿cómo puede ser eso?, reluciente como un cuchillo hundido en el agua, trepidando con escamas danzantes que parecían hechas de mercurio, un pez:



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