Para todos nosotros es muy fácil aplastar. Y todos, pájaros y gusanos, gatos, niños y lobos, intentamos estar lo más precavidos posible ante el dolor y el peligro, y a pesar de todo nos arriesgamos muchas veces al salir una y otra vez a buscar comida, diversión y también aventuras, sensaciones, poder y placer.

– Hasta el punto -dijo Maya después de pensar un rato sobre eso-, hasta el punto de que puede decirse que todos sin excepción estamos en el mismo barco: no sólo todos los niños, no sólo todo el pueblo, no sólo todos los seres humanos, sino también todos los seres vivos. Todos nosotros. Y aún no estoy segura de cuál es la respuesta correcta a la pregunta ¿las plantas son también parientes lejanos nuestros?

– Resulta que quien se burla o molesta a los demás pasajeros -dijo Mati-, es en realidad un idiota que daña a todo el barco. Y aquí no hay otro barco para nadie.

Al cabo de un minuto, o tal vez menos, el pececillo retorció su cuerpo, abrió de par en par el abanico de sus finas aletas y se escabulló, hundiéndose al instante en las aguas oscuras, hacia la sombra de las algas del río.

Era el único animal que Maya y Mati habían visto en toda su vida hasta entonces. A excepción de los diversos dibujos de vacas, caballos, perros y pájaros de las páginas de los libros o de las paredes de la clase de la maestra Emmanuela, y a excepción de las figurillas que hacía Almón el pescador, y que repartía entre los niños del pueblo.

Maya y Mati sabían que eso era un pececillo porque habían visto fotos iguales en los libros. Y no tenían duda de que estaba vivo y no dibujado, porque ningún ser dibujado en aquellos libros podía retorcer así los músculos, doblarse, escabullirse de ellos rápidamente y hundirse de repente en las profundidades, en un lugar imperceptible entre las sombras de las algas.



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