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Por las noches el silencio era aún más negro y denso que durante el día: ningún perro estiraba el cuello ni echaba hacia atrás las orejas para aullarle a la luna, ningún lobo gemía en el bosque, ningún ave nocturna ululaba, ningún grillo cantaba, ninguna rana croaba, ningún gallo cacareaba al amanecer. Hacía ya muchos años que todos los animales habían desaparecido de este pueblo y sus alrededores, vacas, caballos y ovejas, ocas, gatos y gorriones, perros, arañas y conejos. Ni un solo jilguero vivía aquí. Ni un solo pez quedaba en el río. Las cigüeñas y las golondrinas rodeaban el estrecho valle en sus viajes migratorios. Ni siquiera insectos o reptiles, ni siquiera abejas, moscas, hormigas, gusanos, mosquitos o polillas se veían desde hacía muchos años. Los mayores, que aún se acordaban, normalmente preferían callar. Negar. Hacer como que habían olvidado.
Hace años vivían en el pueblo siete cazadores y cuatro pescadores. Pero cuando el río se quedó sin peces, cuando todos los animales se fueron lejos, también los pescadores y los cazadores emigraron de aquí y se marcharon a otros lugares que no hubiesen sido alcanzados por la maldición. Tan sólo un pescador, un anciano solitario llamado Almón, permanece en el pueblo. Vive en una pequeña cabaña al lado del río y discute largo y tendido consigo mismo mientras se prepara un guiso de patatas. La gente del pueblo aún le sigue llamando Almón el pescador, aunque hace tiempo que dejó de ser pescador y ahora se dedica a trabajar la tierra: durante el día, Almón cultiva verduras y tubérculos en esponjosos bancales y también se ocupa de veinte o treinta árboles frutales en la ladera de la colina.
