
Puso incluso un pequeño espantapájaros entre sus bancales, porque creía que tal vez una noche volverían todos los pájaros, y con ellos los demás animales que habían desaparecido. También con ese espantapájaros discute a veces largo y tendido. Se enfada, le suplica, le regaña y se desespera completamente. Luego va a por una vieja silla, se sienta frente al espantapájaros y, con una paciencia infinita, intenta convencerle o al menos hacer que cambie un poco sus tercas opiniones.
Al atardecer, en los días despejados, Almón el pescador suele sentarse en su silla al borde del río, ponerse unas viejas gafas que le resbalan por la nariz hacia su canoso y espeso bigote y leer libros. O se sienta y escribe y tacha líneas y líneas en su cuaderno mientras murmura todo tipo de quejas, opiniones y razonamientos. A lo largo de los años ha aprendido a tallar en madera, por las noches, a la luz de una lámpara, multitud de formas de preciosos animales, así como de criaturas desconocidas imaginadas por él o que se le han aparecido en sueños. Almón reparte esas criaturas talladas en madera entre los niños del pueblo: Mati recibió de él una gata hecha con una piña y unas crías labradas en madera de nogal. Al pequeño Nimi le talló una ardilla, y a Maya le hizo dos golondrinas con el cuello estirado y las alas desplegadas y listas para volar.
Sólo por esas figurillas, así como por los dibujos que hacía la maestra Emmanuela en la pizarra, sabían los niños cómo era un perro, un gato, una mariposa, un pez, un pollo, una cabra o un ternero. La maestra Emmanuela también enseñó a algunos de los niños a imitar los sonidos de los animales, unos sonidos que los adultos del pueblo seguro que aún recordaban de cuando eran pequeños, de antes de que las criaturas desapareciesen, pero que los niños no habían oído jamás en la vida.
