
Maya y Mati casi sabían algo que les estaba prohibido saber. Y los dos tenían mucho cuidado de que nadie sospechase que tal vez sabían o que casi sabían. A veces se encontraban a escondidas detrás de un establo abandonado, y allí hablaban en voz baja un cuarto de hora más o menos y luego se alejaban por caminos diferentes. De todos los adultos del pueblo había sólo uno en quien tal vez podían confiar. O no: Mati y Maya habían estado a punto varias veces de contarle su secreto a Danir el tejero (el que arregla tejados), que en ocasiones, al atardecer, bromeaba en voz alta con sus jóvenes amigos en la plaza del pueblo sobre cosas que los niños no podían oír. Y cuando bebía vino con sus amigos, incluso hablaba entre risas de un caballo, de una cabra y de un perro que tenía intención de traer desde alguno de los pueblos del valle.
¿Qué pasaría si le contasen su secreto a Danir el tejero? ¿O si se lo contasen al viejo Almón? ¿Y qué ocurriría si un día se atreviesen a adentrarse un poco en la oscuridad del bosque para intentar comprobar hasta qué punto su secreto era real o una mera fantasía, un sueño fugaz propio quizás de Nimi el potro pero no de ellos?
Mientras tanto esperaron, sin saber en realidad a qué esperaban. Un día, al atardecer, Mati se atrevió a preguntar a su padre por qué habían desaparecido los animales. El padre no contestó enseguida. Se levantó del banco de la cocina, caminó un rato de una pared a otra y a continuación se detuvo y puso las manos sobre los hombros de Mati. Pero en lugar de mirar a su hijo, el padre clavó la vista en una calva oscura de la pared, encima de la puerta, en el lugar donde se había caído el yeso por la humedad, y dijo lo siguiente:
– Mira, Mati.
