
Y cuando Mati se levantó y se dispuso a abandonar la habitación, su padre añadió:
– Escucha una cosa, nunca hemos tenido esta conversación. Jamás hemos hablado de esto. ¿De acuerdo?
Casi todos los demás padres preferían negarlo. O evitar ese tema en silencio. No hablar nunca de ello. Sobre todo no hacerlo en presencia de los niños.
4
Silencioso y triste vivía el pueblo su sencilla vida: cada día los hombres y las mujeres iban a trabajar al campo, a los viñedos y a las plantaciones de frutales, y al atardecer volvían cansados a sus pequeñas casas. Los niños del pueblo iban cada mañana a estudiar al colegio. Por la tarde jugaban en los patios vacíos, deambulaban por los establos abandonados y los gallineros desolados, trepaban a los palomares desiertos o a las ramas de los árboles en las que no anidaba ningún pájaro.
Cada día, al atardecer, si no llovía, Solina la modista sacaba a su marido inválido a dar un paseo por las callejuelas del pueblo. Guinom, el inválido, había encogido tanto con los años que Solina podía acostar a su marido sin ninguna dificultad en un viejo carrito de niño y llevarlo hasta la ribera del río.
Durante todo el camino, a la ida y a la vuelta, Guinom emitía entre sus pañales un ligero balido lloroso, porque la enfermedad del olvido le hacía creer que era una cabra. Solina se inclinaba sobre él y le cantaba con su voz turbia y cálida: «Duérmete niño, duérmete ya, duérmete niño, duérmete ya».
