A veces, el pequeño Nimi, con el pelo revuelto y sucio, la ropa hecha jirones, la nariz moqueando y el ojo lloroso, pasaba por delante de ellos corriendo, resoplando, les saludaba desde lejos con la mano y les lanzaba dos o tres relinchos largos y desenfrenados. El inválido dejaba al instante de balar, sonreía con placer infantil y volvía la cabeza para escuchar.

Solina acariciaba suavemente con una mano el poco pelo canoso que aún quedaba en la cabeza de su marido, y con la otra seguía empujando el carrito de niño, cuyas antiguas ruedas chirriaban camino abajo.

A veces, en las largas tardes de verano, Danir el tejero, el que construía y arreglaba tejados, y sus dos ayudantes se sentaban a descansar después de su jornada de trabajo en la balaustrada de piedra que estaba en la plaza del pueblo, bebían cerveza en gruesos vasos de cristal y comenzaban a cantar. Otros chicos y chicas se reunían en la plaza de piedra y cantaban con ellos, jugaban a juegos de ingenio, o conversaban y discutían en voz baja. A menudo se echaban a reír. Los niños del pueblo les escuchaban y observaban a hurtadillas desde detrás de las tapias, porque a veces los chicos y las chicas hablaban y hasta bromeaban de cosas que los niños no podían oír, como, por ejemplo, de otros pueblos que estaban lejos, abajo, en el valle, o de cómo era la vida amorosa de los conejos y los maullidos de los gatos en celo. A veces Danir el tejero lanzaba una carcajada tan profunda y ronca como una avalancha de piedras y de repente prometía que pronto, la semana siguiente, el mes siguiente, bajaría con sus ayudantes a los valles lejanos y no volverían de allí a pie, sino en una caravana de carros tirados por caballos y cargados con cien especies de aves, peces, insectos y demás animales, e irían repartiéndolos por las casas y los patios y liberarían peces vivos en las aguas de nuestro río, para que todo volviera a ser como antes de aquella noche maldita, y se acabó. Al oír esas palabras, todo el grupo se callaba y se quedaba pasmado: lo que decía Danir no divertía al grupo, sino que hacía caer una súbita sombra sobre la plaza.



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