
Capítulo 1
El detective Joseph Shanahan odiaba la lluvia. La odiaba casi tanto como a los sucios maleantes, a los acicalados abogados defensores y a los gansos estúpidos. Los primeros eran escoria, los segundos las más bajas alimañas y los terceros, una vergüenza para el resto de las aves.
Colocó el pie en el parachoques delantero de un Chevy beis, se inclinó hacia delante y estiró los músculos. No necesitaba ver las nubes de color plomo que se formaban sobre Ann Morrison Park para saber que estaba a punto de caer un buen aguacero. El dolor sordo del muslo derecho era un claro indicio de que hoy, simplemente, no iba a ser su día.
Cuando sintió que los estiramientos habían calentado sus músculos, cambió de pierna. La mayoría de los días el único recuerdo del disparo de la 9 mm que le había desgarrado la carne cambiándole la vida para siempre, era la cicatriz de quince centímetros que le atravesaba el muslo. Después de nueve meses, e incontables horas de intensa fisioterapia, pudo olvidar al fin la placa y los tornillos del fémur. A no ser que la lluvia o los cambios en la presión barométrica le diesen la lata.
Joe se enderezó y giró la cabeza de un lado a otro como un boxeador. Luego buscó en el bolsillo de los pantalones que él mismo había cortado- un paquete de Marlboro. Sacó un cigarrillo y lo encendió con un Zippo. Por encima de la llama del mechero vio que, a menos de medio metro, un ganso blanco clavaba los ojos en él. El ave se acercó bamboleándose, estiró su largo cuello y graznó mostrando su lengua rosada a través del pico anaranjado.
Con un golpe de muñeca Joe cerró el Zippo y metió el paquete y el mechero en el bolsillo. Exhaló una larga bocanada de humo mientras el ganso agachaba la cabeza fijando sus pequeños y brillantes ojos en las pelotas de Joe.
