
– Ni se te ocurra, bicho, o te patearé como a un balón de fútbol.
Durante unos tensos segundos se sostuvieron la mirada, luego el ave echó la cabeza hacia atrás, giró sobre los pies palmeados y se alejó bamboleándose, lanzando una última mirada a Joe antes de saltar la cuneta para reunirse con los demás gansos.
– Cobarde -masculló sin apartar la mirada del ave.
Incluso más que la lluvia, la presión atmosférica, o los astutos abogados a Joe le desagradaban los chivatos de la poli. Conocía a más de uno que no dudaría en joder a su esposa, madre o mejor amigo por salvar su lamentable culo. Le debía la cicatriz de la pierna a su último informante, Robby Martin.
La duplicidad de Robby le había costado a Joe un pedazo de su cuerpo y el trabajo que más le gustaba. En cambio al joven camello le había costado la vida.
Joe se apoyó contra el lateral de un Caprice de color indefinido y dio una honda calada al cigarrillo. El humo le quemó la garganta llenándole los pulmones de alquitrán y nicotina. La nicotina calmó su ansiedad como la caricia suave de una amante. Sin embargo, en lo que a él concernía, sólo había una cosa mejor que llenar los pulmones de toxinas.
Por desgracia, no había disfrutado de eso desde que había roto su relación con Wendy, su última novia. Wendy había sido una gran cocinera y la ropa ceñida le quedaba genial, pero no podía compartir el futuro con una mujer que se había puesto histérica por haberse olvidado del día que cumplían dos meses juntos acusándolo de ser «poco romántico». Caramba, era tan romántico como el que más, aunque eso no quería decir que tuviera que comportarse como un bobo y un estúpido todo el tiempo.
Joe dio otra larga calada. Incluso aunque no hubiera ocurrido la cagada del aniversario, la relación con Wendy no habría llegado a ninguna parte. No había entendido que necesitaba pasar tiempo con Sam. Se había sentido muy celosa de su loro, pero si Joe no prestaba atención a Sam, éste acabaría por comerse los muebles.
