
— Escucha, Dmitri. ¿El nombre Snegovoi significa algo para tí?
—¿Snegovoi? ¿Arnóld Pávlovich Snegovoi? Tengo un vecino de ese nombre, vive al otro lado del corredor. ¿Por qué?
Weingarten no respondió. Inclusive había dejado de respirar por la boca. Sólo se escuchaba un tintineo… debía de estar jugando con sus monedas.
—¿Y qué hace, tu Snegovoi?
— Creo que es físico. Trabaja en no sé qué refugio subterráneo. Ultrasecreto. ¿De dónde lo conoces?
— No lo conozco — replicó Weingarten con inexplicable tristeza. Sonó el timbre de la puerta.
—¡Están todos enloquecidos! — dijo Maliánov—. Espera, Val. Alguien está tirando mi puerta abajo.
Weingarten dijo algo, o inclusive gritó, pero Maliánov había arrojado el teléfono en la otomana y corría al vestíbulo. Kaliam ya estaba metido entre sus pies, y Maliánov casi tropezó con él.
Retrocedió en cuanto abrió la puerta. En el umbral había una joven de júmper blanco, corto, muy atezada y de cabello corto, blanqueado por el sol. Hermosa. Una desconocida. (Maliánov tuvo aguda conciencia de que sólo tenía puestos los calzoncillos, y de que su vientre estaba sudado). La joven tenía una maleta a los pies, y una chaqueta echada al brazo.
—¿Dmitri Maliánov? — preguntó, turbada.
— S-sí —contestó Maliánov. ¿Una parienta? ¿La prima tercera, Zina, de Omsk?
— Por favor, perdóneme, Dmitri. Sé muy bien que este no es un buen momento para usted. Tenga.
Le entregó un sobre. Maliánov lo tomó en silencio y extrajo de él un trozo de papel. En su pecho bramaron horribles, furiosos sentimientos hacia todos los parientes del mundo, y en especial hacia esa Zina o Zoia.
Pero resultó que no era una prima tercera. Con grandes letras apresuradas, las líneas torcidas hacia uno y otro lado, Irina había escrito: «¡Dímochka! Esta es Lida Ponomariova, mi mejor amiga de la escuela. Yo te hablé de ella. Sé amable, no le gruñas. No se quedará mucho. Todo va bien. Ella te lo contará. Besos, yo».
