
—¿En qué estoy trabajando? — dijo con alborozada malicia. Te lo puedo decir con gran detalle, si quieres. Te fascinará, estoy seguro, ya que eres un biólogo, y todo eso. Ayer por la mañana pude encontrar algo, por fin. Resulta que en las suposiciones más generales respecto de las funciones potenciales, mis ecuaciones de movimiento tienen una integral más, aparte de la de energía y de la integral de momentos. Es una especie de generalización de un problema limitado de tres campos. Si la ecuación de movimiento se proyecta en forma de vector, y después se aplica la trasformación Hartwig, queda completa la integración para todo el volumen, y el problema entero se reduce a ecuaciones integral-diferenciales de tipo Kolmogórov-Feller.
Para su enorme sorpresa, Weingarten no lo interrumpió. Durante un segundo, Maliánov creyó que los habían desconectado.
—¿Me escuchas?
— Sí, con gran atención.
—¿Tal vez entiendes inclusive lo que te digo?
— Pesco una parte de eso — respondió Weingarten con animación. Maliánov se dio cuenta de pronto de lo extraña que sonaba su voz. Le asustó.
— Val, ¿pasa algo malo?
—¿Qué quieres decir? — preguntó Weingarten, ganando tiempo.
—¿Qué quiero decir? ¡Si te pasa algo a ti, por supuesto! Tienes una voz un poco rara. ¿No puedes hablar ahora?
— No, no, amigo. Eso es una tontería. Estoy bien. Es el calor, nada más. ¿Conoces el de los dos gallos?
— No. ¿Y?
Weingarten le contó el chiste de los dos gallos… era muy tonto, pero gracioso. Pero no se trataba de un chiste de los de Weingarten, para nada. Maliánov, por supuesto, lo escuchó, y rió en el momento oportuno, pero el chiste sólo consiguió intensificar el sentimiento de que algo le ocurría a Weingarten. Tal vez tuvo otro choque con Sveta, pensó con incertidumbre. Quizá volvieron a arruinarle el epitelio, entonces Weingarten preguntó:
